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martes, 17 de mayo de 2011

Irreverencia

La playa estaba concurrida. El hueco que había encontrado no era tan malo. Se tumbó y empezó a divagar. La cara tapada con un sombrero. El cuerpo ofrecido sin concesiones al sol de las 4:30. De repente su pezón derecho se electriza. No sabe si es por la suave brisa, o porque pasa alguien demasiado cerca. Ahora el izquierdo. Dios, ¡qué tirantes.! Parecen los nudos de un globo superapretados. Ahora se suavizan. Pero al rato vuelve la danza. Como intermitentes sin palanca empieza uno, el otro, ahora los dos. Está flipando, parecen dirigidos por alguien ajeno a ella. Se deja llevar. Si pudiésemos ver su cara debajo del sombrero, reconoceríamos esa expresión, esa sonrisa, entre pícara y abandonada, que ponemos al pensar en algo excitante. Sonreía del placer de sentirse viva, de tener un cuerpo que respondiese a los estímulos correctamente, de poder estar esta tarde de lunes tumbada en la playa sin otro propósito en la vida que descansar un rato.

Él ya se fijó en ella cuando llegó. Tenía una pinta rara con ese pantalón y esas gafas multicolores. La seguía con la mirada de tanto en vez para no despertar sospechas en su novia. Las tías no comprenden que a los hombres les guste mirar, sin más. Observan los distintos preparativos y movimientos con incredulidad, gusto y una pizca de prepotencia. Acomodar la toalla. Quitarse la ropa y guardarla perfectamente doblada en la bolsa. Recogerse el pelo. Crema en la cara. Otra distinta para el cuerpo. Qué gozada ver a una tía echándose crema solar. Sentados en la toalla, habla con su chica. Cada vez que la mira, en el mismo ángulo de visión, un par de metros allá, se encuentra con el pezón irreverente. Se queda un poco parado pero logra seguir sin que se note lo que piensa. Coge una piedra en la mano para distraer la atención y sigue hablando. En un vistazo rápido comprueba que ya no está en punta, que se relajó. Cruza de nuevo la mirada con su chica y la visión vuelve a rematar en esa guinda pasa tan llamativa. Y ahora es él el que divaga. Empieza a pensar que es quien manda en los pezones de esa anónima mujer. Izquierdo. Relax. Los dos juntos. Relax y derecho. Empieza a establecer una coreografía y ya se ha quedado en blanco dos veces en la conversación. Siente la mirada inquisitoria de su novia. Menos mal que, lista como es ella, propone darse un baño.

Qué de gente hay hoy, En esta ciudad somos yonquis de sol. En cuanto vemos un día o tarde soleada allá vamos de cabeza a la playa. Así pasa que estamos un poco apretados. De hecho, esta tía se puso cerca de más. Tenía sitio de sobra a la derecha. Ya verás como le pillo echándole miraditas. Es alucinante lo primarios que son los hombres. Ven un par de tetas y flipan. Tendría que verse la cara de tonto que se le pone cada vez que se rocía con un vaporizador de agua. Sexy, la verdad. Pero tampoco es para tanto. Se le traban las palabras. Se despista. Haré la 13/14 y le llevaré a dar un baño, y en el agua, le meteré las tetas en la boca y no las sacaré hasta que mis pezones sean tan irreverentes como los de la compañera de playa.

miércoles, 16 de marzo de 2011

Tango

No solía fijarse mucho en los tíos. Mejor dicho, había pocos que llamaran su atención, pero esa noche, en el concierto, le vio de espaldas, desgreñado, solo, con un abrigo negro y supo que ese hombre le interesaba, que era él el que andaba buscando. Le siguió con la mirada toda la noche. Al salir, mientras se despedía de los amigos fumando un último cigarro, lo vio pasar, intercambiaron miradas y se esfumó en la noche en un coche rojo del que ella memorizó, instintivamente, modelo y matricula.

Al día siguiente en un bar, al que sólo había ido una vez antes, creyó verle. Estaba de espaldas. Le preguntó si estuvo ayer en tal sitio. No hizo falta que contestara. Qué se le va a hacer. Acaba el concierto y deciden ir a otro garito, en la otra punta de la ciudad y al que tampoco iba muy a menudo. Cuál no sería su sorpresa cuando al entrar se lo encuentra de frente. Esta vez sí era él. y esta vez si se le acerca y empiezan a hablar. Nombres, ayer estabas en tal sitio, sí, suelo ira a tal y tal sitio, yo salgo poco, voy a tu barrio a clases de tango, ¿ah sí?. Enfin, chorradas. En una de esas que sale a fumar ve que se marcha, no sin antes dedicarle una mirada y una despedida dubitativa: Bueno... hasta luego. Chao, dice ella, y no consigue articular el tan socorrido "¿a dónde vas ahora?".

Aquí empieza la ilusión. Es un azar, una señal, un tío al que no había visto nunca en todos los años que lleva en esta ciudad y se lo encuentra dos noches seguidas en dos garitos de lo más antagónicos. Va a por él.

Al jueves siguiente, espera verle en el bar donde lo vio por primera vez. No aparece.

El sábado se acerca al local donde dijo que tomaba clases de tango . Lleva un papel en el bolsillo con su teléfono por si acaso. Está cerrado. No se da por vencida y cual quinceañera da una vuelta a la manzana por si descubre el coche. Nada. Luego indagará y sabrá que las clases eran dos horas antes de lo que pensó.

El martes se acerca con una amiga al bar donde cantan tangos. Estaba cerrado porque era festivo.
El jueves convence a sus colegas para ir a otro concierto en el centro, al bar donde creyó verle y al final no. No apareció.

Ella sigue pensando en él, en su sonrisa amable y su mirada atormentada.

El sábado por la tarde se acerca a las clases de tango, están acabando y entra los últimos cinco minutos, justo para ver al profe haciendo una demostración y para que él le viera. Sale a esperarlo. Tarda. Ella está como un flan. Lo ve venir hablando con una pareja. pero no se atreve a decir nada. Se da la vuelta y esta vez es él quien la ve marcharse en un coche, también rojo. Ya digo, adolescente total. Por la noche queda con unas amigas en el bar donde habló con él por primera vez. De cara a la puerta, espera en vano a verle entrar. Pues no.

El martes una amiga la anima a ir a escuchar cantar tangos a un tío que conoce. Tiene la corazonada de que aparecerá. Efectivamente llegó. sonriente, dulce, encantador. Está con un grupo. Cuando acaba la música se van a otro sitio y al salir le dice "hola" con la entonación lista para entablar un diálogo. Él, tímido pero siempre sonriente, dice "adiós", lo que interpreta como fin de conversación. En el garito nuevo hay 12 personas. Si descontamos a los dos músicos y a los 2 camareros el panorama es desolador. Le da un bajón y sale a fumar. A la segunda calada se para un coche en la puerta y se bajan él y otro tío. ¿No entras? Sí , ahora voy. ¿Cómo vinisteis? Andando. Ah. Entra. El amigo viene rápidamente hacia ella, al que deja caer, de buenas maneras, que el que le interesa es el otro. ¡Ay el otro! Sigue con su sonrisa encantadora , se sabe atractivo y lo es. Se acaba la música y se acerca, el brasas sigue intentándolo, que si tienes unos ojos alucinantes, que si este tío no te interesa ,además lo está esperando una mujer maravillosa. Le dice dos frescas y se va refunfuñando. Se quedan, por fin a solas él y ella. Y empiezan a hablar. Es la dulzura en persona. Lleva fatal lo de hacerse mayor, traumado casi. Peter Pan existe. El tío tiene 10 años más que ella y parecen de la misma edad, año arriba-abajo. ¿De qué se queja? Ella que no para de parafrasear a la faraona con el "estoy como nunca". Cuando pregunta por su horóscopo ella flipa. Inseguridad, debilidad, inconsistencia, capricho. Se queda un poco fría. Hablan un buen rato, el suficiente para que ella sienta desvanecerse la efímera ilusión y conteste, cuando le pregunta ¿irás el martes a escuchar los tangos?, no sé.

Una reflexión ronda por su cabeza hasta que se durmió esa noche: en el último mes había salido casi más que en el último año y había pronunciado-escuchado la palabra tango más que en toda su vida.

sábado, 23 de octubre de 2010

Azar

Entraron en la librería a comprar unas guías de carreteras y vio que se iluminaba la cara de su mujer. Ella cogió un libro con ternura y empezó a hojearlo. Él se fijó en el nombre del autor y la verdad es que no le dijo nada. Ella estaba como sonámbula. Se acercó al librero y le preguntó si conocía al autor y si sabía dónde podía localizarlo. Dijo que curiosamente le conocía y que a veces venía por aquí. ¿Puedo dejarle un recado? Sí, claro. Con mucho gusto le daré su nota cuando venga.

En ese mismo instante y no muy lejos de allí alguien paró a un señor por la calle. Hola, ¿es usted el escritor Mario Silva? Sí, el mismo. Me encantan sus libros y me encantaría que me firmara un ejemplar. ¿Tiene alguno? No pero conozco una librería aquí cerca. Jolín qué chica tan preparada, pensó Marío. Conocía esa librería, era de un amigo suyo. Si no le importa podríamos ir, yo compro uno y usted me lo firma ¿sí?.

En la puerta casi chocan al entrar con una pareja, tan ensimismados en su conversación iban.
¿Me puedes explicar algo? Espera, ahora te lo cuento, déjame reponerme. Mario era huérfano y fue acogido por mi madre un tiempo. Yo coincidí poco con él pues estaba fuera estudiando. Al crecer le perdimos la pista. La verdad no me esperaba encontrármelo así. Ha sido una sorpresa magnífica. Una alegría. Para mí es alguien especial.

Buenos días, Roberto. ¿Cómo está Mario? Precisamente me acaban de dejar esta nota para usted. Una pareja que acaba de estar aquí. Tuvieron que cruzarse.
La leyó y salió como un rayo a la calle.

¡Cecilia! ¡Cecilia!

martes, 31 de agosto de 2010

Septiembre

Llevaba varios días un poco rara. Nerviosa, iba de una habitación a otra, se quedaba mirando una pared, se iba. Traía un metro en la mano y apuntaba mediadas en un trozo de papel arrugado.

Yo la miraba hacer. No preguntaba porque si lo hacía ya sabía lo que podía pasar. Se enfadaba, me contestaba mal, yo también y así hasta que nos mandábamos a la mierda y nos tirábamos un tiempo sin hablar. No me merecía la pena enfadarme con ella sin motivo. Era algo que habia aprendido con el tiempo, a saber callarme, a esperar para hablar.

Por eso, disfruto tanto mirándola de refilón morderse el labio superior mientras piensa. Me divierto haciendo conjeturas sobre lo que se trae entre manos. Muy pocas veces lo acierto. Es prácticamente imprevisible esta mujer.

Hoy al volver a casa me encontré la taladradora y la caja de herramientas sobre la mesa del salón. Ella estaba midiendo, supongo que para hacer los agujeros para colgar la estanteria que estaba apoyada a sus pies. Saludé como siempre, o mejor dicho, haciendo un gran esfuerzo para que mi saludo pareciera el de siempre y no preguntar qué coño estaba haciendo y me fui a la cocina con la excusa de tomar algo frío ¿quieres tú algo? No, ahora no. Más tarde seguro. Me tienes que ayudar a colgar la estantería cuando acabe de hacer los agujeros, ¿vale?. Vale y ¿me dirás para qué es o tengo que esperar aún?

Apoyado en el cerco de la puerta con una cerveza en la mano y mirándola con todo el amor que me cabe en los ojos, ella reconoce el momento. Ahora ya me lo podía contar.

Es un mueble para guardar la primera pieza de cada una de las colecciones que invaden los quioscos cada septiembre. Haré la colección de entregas nº 1. Había qué ver esa mezcla de ilusión, alegría, determinación, orgullo, coraje en sus palabras. Daba gusto verla y escucharla tan feliz. La rodeé por el cuello y besé su frente y sus ojos con devoción.

Esa noche, de nuevo, hicimos el amor como nunca.

jueves, 29 de julio de 2010

Pimientos

Estábamos cogiendo pimientos. Hacía mucho calor, como siempre. El estrés que me producía el estar atenta para no romper el rabillo de los pimientos y el pensar qué coño hacía yo ahí, me hacían escapar de la jefa, que trabajaba codo a codo conmigo a un ritmo e intensidad muy superior a mí. En una de esas no pude esquivarla más y me pilló para darle al palique. No la hice mucho caso hasta que la oí pronunciar esto:

"Es que tú no sabes cómo son los hombres. No sé qué se piensan. El mio sin ir más lejos. Es un desgraciado. Hace tiempo, vino al pueblo una muchacha y un muchacho, que vivían ahí donde vosotros. Era una chica muy joven. La muchacha era muy simpática y hablaba con todo el mundo. Él se arreglaba todas las tardes y se hacía el encontradizo con ella.. Era una niña. Y yo le decía, "pero Frasquito, ¿cómo te va a querer a ti? y él se enfadaba y decía "¿Por qué no? ¡Si quiere hasta a un cojo! Para que veas lo ciegos que son los hombres..."

Ella siguió hablando pero yo ya no escuchaba. Me acordé de mi amigo Natalio, que era poliomielítico, mientras arrancaba sin piedad los pimientos.

lunes, 26 de julio de 2010

Sencillamente

Lo estaban pasando bien. Paseo por la feria. Atracciones, puestos y remate con cerveza fría y helado. Empieza una batería de preguntas tontas, imposibles, incongruentes que llevan, irremediablemente, al desencuentro, al desamor.
- ¿Quién tiene el no se qué más grande mamá o ... ?
- ¿Quién es más lista?
- ¿Quién es más guapa?
La criatura contesta decidido o dubitativo depende. Sabe que es un juego pero tampoco quiere quedar mal. Pero en una de las respuestas, su señora madre mete baza, también quería jugar. Al padre no le parece bien, se pone serio y continúa. La madre opina cuando le parece. Y hete aquí que llegamos a la cuestión fatídica:
- ¿Quién es más guapo papá o ...?
El niño, lógicamente dice que papá. Pero la madre que es una arpía vuelve a corregir. Entonces viene un tirón de orejas a mamá, delante del niño, porque claro, a quién se le ocurre menoscabar así su opinión y transmitirle sus prejuicios.

La madre se queda seria, callada y una nube negra se instala en su pecho oprimiéndole el corazón.
El pequeño lo nota y rápidamente media y consigue que la madre sonría y cambie de tema. Menos mal que es tarde y todos han terminado sus consumiciones. "A dormir, venga".

De camino intenta explicarse con el padre pero él no entiende, no quiere entender, que el niño contestó lo contrario porque es lo que siente que tiene que contestar pues quiere mucho a papá y no le quiere contrariar ni perder. Que la madre, al dementirle, no estaba tirando por los suelos al padre, ni le quitaba criterio al niño, sino que le estaba proporcionando un chute de autoestima. Tampoco entiende que el verdadero error, si lo hubo, estuvo en formular esas pérfidas preguntas. Se escuda en que ella va de divina de la muerte y menosprecia sin piedad.

La madre vuelve a casa con una nube en su sonrisa y por supuesto en el corazón. Si el niño fuera más grande comprendería que estas son las situaciones y emociones por las que dejó de querer a papá.

domingo, 23 de mayo de 2010

Ideas

Me considero una persona afortunada. Trabajo en una empresa pequeña pero con un margen de beneficios increíble. Mi tren de vida es expectacular y disfruto de vacaciones la mayor parte del año. ¿Que a qué me dedico? Bueno, es un secreto, no lo puedo contar. Sólo puedo decir que mi empresa vende ideas. Sí, sí, ideas. Pero no a cualquiera: a jefes de estado, monarcas, patriarcas, banqueros, jeques o grandes empresarios.

El anonimato de internet me anima a contar un poquito más. Pondré un ejemplo. El presidente de un país de una península mediterránea estaba muy preocupado porque sus ciudadanos fumaban muchísimo y no había forma de que lo dejaran. El gasto que suponía a la Seguridad Social era enorme. Numerosas campañas y medidas restrictivas no dieron resultados. Nos pidió ayuda y esto fue lo que propusimos:
Bajen los sueldos de la gente empezando por los funcionarios que son su competencia directa y cuando se calmen las protestas de éstos, que las habrá, se lo bajan al resto. Como la gente está empufada hasta las cejas, si no es en una cosa es en otra, acabarán dejando de fumar para pagar sus deudas. La seguridad social reducirá sus gastos considerablemente y los ingresos que no se obtengan por la venta de tabaco, se compensan con el ahorro en gasto de nóminas.
¡No me negarán que es una idea cojonuda!

Como muestra un botón. Aunque a toro pasado puedo contar que también salieron de mi empresa otras grandes ideas como por ejemplo el cambio al euro en Europa (en este caso fue un banquero quien nos contrató) o la existencia en Iraq de armas de destrucción masiva.

miércoles, 28 de abril de 2010

Consulta

La verdad es que nunca quise un marido tal y como se entiende en nuestra sociedad y cultura, ahora lo entiendo.
Yo misma me asombré de la rotundidad con que pronuncié estas palabras mientras echaba un vistazo rápido pero exhaustivo a todo mi alrededor. Una mesa inmensa con un teléfono, un portátil fashion que te pasas, su sillón y dos butacas a juego y plantas, muchas y bonitas plantas. Es asombroso lo deprisa que va mi mente en algunas ocasiones. Me recuerda a esos artilugios que salen en las pelis que de una pasada escanean un lugar y en segundos envían datos a un ordenador, acompañado de un ruidito electrónico, de todo lo que está a su alcance en un área que puede ser una habitación, un bosque, o el sistema de refrigeración de un edificio.

Ella, serena, me miraba y anotaba de vez en cuando algo en su Mac. Yo hablaba y hablaba, dejando pausas premeditadas para ver si me preguntaba o decía algo. Nada.
Entonces seguía contando lo que se me venía a la cabeza. Explicaba, hacía conexiones, justificaba, comprendía o censuraba. Nada.
Sólo cuando supimos que no tenía más que decir y que el silencio fue más largo que los anteriores, me miró y me dijo: "bueno, sé que tiene la agenda muy ocupada pero lo único que puedo decirle es ¿cuando tiene un hueco para que me psicoanalice usted a mi?".
Sonreímos un tanto forzadas y nos despedimos sabiendo que era poco probable que nos volviésemos a ver.

Salí a la calle medio cabreada, medio ofuscada. Lo único que me alivió fue el pensar en el tiempo y la pasta gansa que me iba a ahorrar.

jueves, 22 de abril de 2010

Escapada

Lo tenía todo estudiado. Ese día, a la hora adecuada, cogería la carretera y durante dos horas conduciría sin parar, a 160 ó más. El brazo izquierdo por la ventanilla del Ford fiesta rojo de segunda mano. El colmo de lo kitsch.
No se cruzaría con nadie No habría nadie.
Iría cantando a pleno pulmón canciones de Janis, Lole o cualquier otra inspiración del momento.
Pararía justo antes de acabarse la gasolina en una playa.
El agua fría en sus pies ayudaría a recordar por qué lo hizo.

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Todo salió a la perfección.
Lo único que no logró prever fue que aún así, entre el zumbido del motor, el aire a toda hostia y su garganta desencajada, no dejaría de escuchar el eco interplanetario de "goool" de la final del campeonato del mundo.

viernes, 12 de marzo de 2010

Venganza

Se conocían desde hacia 20 años, alrededor de la edad que tenían ellos. Ella le alquilo una habitación en su piso, con una cocina y una terraza bastante interesantes. Ideal para hacer fiestas. Cuanto se habrán reído al acordarse de la reata de vecinos, con rulos y batas incluidos, que les visitaban de vez en cuando. Él venia de un circulo cerrado y empezó a conocer y a aprender. Ella empezaba a desdoblarse cual helecho. Vivieron unos momentos inolvidables allí. Mucha unidad y comprension. La resaca de los ochenta. Una gloria.

La gloria no duro tanto como cabía esperar pues apareció un tercero en discordia que acabo con él en la calle. Por motivos bastante incomprensibles se dejaron de hablar durante años. Ella fue la que claudicó. Se dejo llevar por el lado oscuro de los celos.

Los motivos se hicieron comprensibles , al fin, y ella lo dejó.

Buscó su número de teléfono y era el mismo. Al principio él no quería saber nada pero después la llamo. Desde ese día no se volvieron a separar. A él le iban bien los negocios y ella tenía un trabajo que la llenaba. Eran una especie de familia. Mucha intimidad. Él la ayudó mucho y ella a él también. Cada uno a su modo. Y en esto que pasa el tiempo y aparece un tercero para quedarse. Convulsión. Cambio. Se dejan de ver solo por la distancia. Hablan todos los días y están juntos siempre que pueden.


Ella se vuelve a separar. Él esta ahí apoyando, nunca le gustó este para ella. De repente desaparece. Un mensaje en el móvil. Así, sin más.
Se borra exactamente igual que ella hizo en otra ocasión.
Fin.

sábado, 13 de febrero de 2010

Tontería

No quiero ser yo misma nunca más. Es agotador. Siempre alerta para no perder un ápice de independencia, para no mostrar flaqueza de ideas y ser en todo momento coherente con mis principios. Pero se acabó. A partir de ahora no pienso perder un segundo en preocupaciones innecesarias. He conseguido, tras mucho rogar a mi amiga, la dirección de una agencia, exclusiva, que te asesora sobre cualquier situación. Puedes escoger entre una amplia lista de perfiles el que más se adapte a tu personalidad, Te dirán en todo momento lo que tienes que hacer, pensar, decir, vestir y comprar. Ya no me tengo que preocupar de nada. Llevan mi agenda, mi guardarropa y la nevera, los trámites burocráticos y hasta mis acciones en bolsa. ¡Una maravilla! Si lo llego a saber antes... Bueno, la verdad es que mucho antes no lo podía saber porque es un producto novedoso que aún no ha llegado al gran público.
Tienen un catálogo y todo, con fotografías demostrativas de los distintos tipos de persona que puedes llegar a ser.
Siento que empieza una nueva etapa en mi vida. Estoy muy ilusionada y tengo grandes esperanzas en este proyecto.


Lo de las idas y venidas al gimnasio y los tés de todo y que no saben a nada, pase, pero los tacones a todas horas me están matando.



Ahora paso más tiempo en la peluquería que en mi casa. Las empleadas me traen el café y los sandwiches y ya como allí. Con lo cual en casa me sobra la comida y tengo que tirar un montón. O sea, me gasto más pasta en comida y como peor.



Echo de menos mi bolso en bandolera, de tamaño medio tirando a pequeño. En estos bolsos maleta que me hicieron comprar me cuesta un mundo encontrar las cosas y se me está empezando a dislocar el hombro de la postura absurda que tengo que hacer para buscar algo en ellos. Además, creo que me está saliendo una úlcera de estómago y los pies están empezando a deformarse.


Mis acciones en bolsa han caído en picado. Tengo una contractura en el hombro que me impide ponerme los maravillosos y caros modelitos que me compré y se me está cayendo el pelo. No sé si es por el estrés o por el exceso de tintes y productos que llevo suministrados en estos últimos dos meses.



Me he armado de valor y he devuelto el último recibo de mis asesores. No quiero saber más de ellos. Siento el aire frío en mi cara sin maquillaje mientras vuelvo a casa andando (adiós taxis).

jueves, 21 de enero de 2010

Ensalada de hormigas


Acabábamos de llegar de viaje, uno de tantos, y la despensa muy llena no estaba. Improvisé una ensalada con todo lo que pillé y me puse a pensar en cómo te lo diría: ¿directa? Si no... ¿qué palabras utilizaría?, ¿algún símil? Mientras yo pensaba estas cosas tú empezabas a removerte en la butaca. El cargar las maletas del coche a casa te otorgaba la calidad de exento de cualquier otra labor.
Desde hace tiempo, tardo más adrede, me encanta el ruido que hace la tela al rozar continuamente con tu pierna, en ese tic, histérico y pasajero, que te impone la ansiedad.
Tardo al poner la mesa, al calentar la comida, al retirarla, al fregar, al recoger, al poner y tender una lavadora, al asearme, al irme a acostar. Tardo con premeditación y alevosía, porque no te soporto y no puedo tener un rato ociosa, siempre trabajando, para que no me sobre tiempo y no pueda perderlo contigo. Para no verte, pero sobre todo para no mirarte.

Pero hoy se acabó la parsimonia, hoy me vuelvo a enchufar, voy del salón a la cocina como una moto, poniendo la mesa, recogiendo bolsas, ventilando y en ese ajetreo no logro distinguir el poso negro que se formó en la aceitera.

Ya en la mesa volvieron tus quejas: "qué ensalada tan rara", "mira que eres cabezota, hubiéramos ido donde Luigi y ya está", "pues a mí esto no me va a llegar a nada"... Yo callada, mastico con tranquilidad, despacio, me regodeo en ese sabor un tanto peculiar que, efectivamente, tiene la ensalada. A medida que voy vaciando el plato veo unos pequeños grumitos negros. Incrédula, con la punta del cuchillo empiezo a escarbarlos y ¡sorpresa! son hormigas, de esas pequeñitas, golosas las llamo yo, que en un segundo transforman en punto negro la más mínima miga de algo rico que encuentran. En nuestra ausencia, a falta de migas, decidieron colonizar el aceite.
Tú no te diste cuenta. Pero para mí fue la señal, el empujón que necesitaba para decirte todo lo que te dije luego.

Ahora vivo sola y lo primero que hice fue instalar un enorme terrario, lleno de hormigas, en el salón.

sábado, 16 de enero de 2010

Reunión

"Hace mucho que no quedamos con estos", le dije. Estos son el grupo de amigos, parejas, que se conocen desde el instituto y con los que periódicamente quedamos para cenar, tomar algo, etc.
La mirada de Enrique fue reveladora y triste. Yo sabía por qué no quedábamos y él también.
Pero esa mirada solo existió para mí, el no fue consciente de ella e intentó, como siempre, quitar hierro y dijo que era "normal mujer, estamos muy liados con las obligaciones y es difícil buscar una fecha que nos venga bien a todos".
Ahora la triste era yo.
Sabía que la última reunión les dejó mal sabor de boca, que no querían volver a verse frente a frente con la cruda realidad que les había presentado. Sabía que les había incomodado y, sinceramente, no me importó nada.
Después de una cena exquisita y unas copas en un local agradable y burgués, las lenguas se animaron y comenzó un debate más profundo de lo habitual, cosa que me sorprendió. Siempre hablábamos de lo mismo: de las anécdotas pasadas y de los hijos, viajes, estudios hipotecas, familia, trabajo.
Alguien habló de lo afortunados que éramos, lo bien que se nos había dado todo, en general, y todos asentimos y nos regocijamos interiormente.

En un momento dado yo dije que pensaba muy a menudo en suicidarme. Tras los típicos comentarios de "¡joder! ¡qué cosas dices!", "qué tonterías hay que oír", "hoy te subió bien el cubata"... el silencio fue atroz.
Yo seguía tan contenta e intenté explicarme.
"No estoy deprimida, no tengo ningún problema grave, me va todo bien, tengo una familia maravillosa... pero no creo en el ser humano. Yo no elegí estar aquí, yo no elegí ser persona ni vivir en el primer mundo. Somos una puta mierda, llenos de prejuicios, envidias, complejos, inseguridades, condenados a vivir y morir.
Pienso en suicidarme porque no quiero ver más, me es suficiente con lo que vi hasta ahora. Pero no puedo hacerlo porque no estoy sola, adquirí unas responsabilidades que tengo que cumplir".

Tras lo cual seguí tomando mi copa tan tranquila mientras veía instalarse en ellos una nube de incertidumbre y acritud.

Lo único que me dolió fue la mirada de Enrique, triste y desencajada, rebosante de traición.

viernes, 25 de diciembre de 2009

Limones vs. tomates

"Venga, voy yo". Me ofrecí voluntario porque sé que les gusta esa pequeña intimidad de los preparativos, el ir y venir de la diminuta cocina al salón con bandejas, copas, platos... y total, para estar sentado, mejor salgo a dar una vuelta y de paso me fumo un porrito que me va a venir bien para soportar esta noche tan larga.
Tenía que conseguir limones y salí sin rumbo fijo porque, aunque llevaba muchos años visitando el barrio, no controlaba mucho las tiendas.
Mmmm, qué bien me sentaban con el frío estas caladas de hierba.
Llevaba un rato caminando cuando me crucé con esos ojos, esa mirada inconfundible, profunda. ¡Dios! ¿Cuántos tiempo hacía que no la veía? ¿20 años? Más, 25 por lo menos. De repente me la imaginé cogiendo tomates y pimientos en un invernadero en Almería. Era lo último que supe de ella. Luego el silencio, la nada.
No sé si me reconoció, me da igual, pero al pasar por su lado, salió de mi boca esa coletilla absurda que nos sale a todos en estas fechas: "¡Feliz Navidad!"
"Igualmente", dijo y siguió caminando como si nada.
Yo sentí una convulsión brutal en mi interior pero mi exterior seguía sereno y no me impidió entrar en la tienda de los chinos a hacer el recado.
Los demás gestos fueron automáticos: pagar, andar el camino de vuelta, llamar al portero automático, empujar la puerta, llamar al ascensor, entrar, pulsar el número 3, salir, pulsar el timbre, esperar a que se abriera la puerta y entrar en la cocina donde deposité la bolsa.
Me senté derrotado en un sillón, estaba alucinando, nunca mejor dicho, hasta que una voz me despertó desde la cocina: "¿Tomates? ¡Limones era lo que necesitábamos, no tomates, joder!"
Desde ese momento se instaló en mí esta sonrisa tonta que llevo días luciendo y que tanto exaspera a mi mujer.

viernes, 20 de noviembre de 2009

Ficción

La única comida juntas que hacemos a diario es la cena. Y estoy tan cansada que la mayoría de las veces me quedo dormida recostada en el sofá. Ella no. Ella tiene una energía insultante Una de esas noches tras cenar, como casi siempre, mi interés se fue centrando en el brazo del sillón y en conseguir un trozo de manta. De pronto noté un pinchazo en la garganta y un leve roce en el esófago que acabó convirtiéndose en una extraña sensación de cosquilleo en mi interior. En el duermevela imaginé un pequeño artilugio de esos que tan a menudo aparecen en las series de animación de la sexta. Una nave microscópica se introducía en mi cuerpo y sin titubeo alguno se dirigía a toda velocidad por mi sistema circulatorio. Parecía que su trayectoria no presentaba dudas , tenía una dirección bien marcada y allá que iba.
Las convulsiones y gemidos debieron ser mucho porque me despertó una voz entre perpleja y horrorizada: ¡pero mamá! ¿qué haces?
Al abrir los ojos lo primero que vi fue una cara un tanto congestionada por el asombro; lo segundo, mi mano por debajo del pantalón.
Qué le voy a hacer si la micro-nave no encontró mejor lugar en mi cuerpo para hacer sus maniobras.